viernes, 8 de abril de 2011

Dama de noche, enredadera de día.


De una semilla naciste, luego de un largo viaje y una larga espera. Te traje en una cajita y meses después de superar nuestros primeros silenciosos encuentros, decidí volver a verte cada mañana. Hice un pozo cerca de la medianera y puse una semilla. Esperé y esperé hasta que naciste. Un fuerte invierno supo congelarte y desapareciste, pero cual ave fénix, renaciste de tus escondidas raíces… 

Hoy desde la ventana de la cocina puedo verte radiante y hermosa. ¡Oh, mi dulce Dama de Noche, tantos días de madrugada juntando tus semillas como única actividad! ¡Tantas noches tratando de ver tu hermosura antes de que me obligaran a dormir! Realmente es maravilloso poder verte en cualquier momento y ver que ya no significas lo mismo para mí. 

Ciertos días producías en mí la idea de libertad, naturaleza y vida; pero hoy te veo y me transmitís fuerza, esperanza y fe…  Tu  rápido crecimiento sorprende. Semana tras semana se me hace muy doloroso ver como recortan tus enruladas ramas que se escapan por doquier. 

Todavía hay gente que no comprende lo que querés transmitir estirándote sobre sus media-sombra o levantando las tejas de la galería. Es muy fácil comprenderte, pero nadie se toma un tiempo para observarte. Creces y creces, pero no te enrollas sobre vos misma, simplemente te expandís. ¡Arriba, abajo, izquierda, derecha!

No te preocupes querida Dama. Yo, cada mañana, leo en tus flores a punto de cerrar: “Crecé, crecé. Que nada te lo impida”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario